El 20 de diciembre de 2019 será el Día Internacional de la Solidaridad Humana. Por solidaridad entendemos la relación de hermandad y apoyo incondicional que une a los miembros de un grupo.

Solidaridad también significa compacidad de un cuerpo social. Significa cohesión, de modo que ningún elemento del grupo permanezca “aislado en el vacío”.

Para nosotros, en Protection4Kids, esta fecha tiene un valor emblemático. Todos los días trabajamos con nuestros voluntarios para luchar contra aquellos que, desafortunadamente, han olvidado qué es la solidaridad. Creemos profundamente que, para cumplir este valor social protegido constitucionalmente, debemos actuar.

Solidaridad significa ser consciente de pertenecer a un grupo que podemos imaginar como un cuerpo humano. Porque donde falta solidaridad se forma una herida y, en el campo de los derechos humanos, una herida a menudo significa un crimen contra la humanidad.

Es por ello que luchamos a diario en los medios online y fuera de ellos para convertir estas heridas en cicatrices y para que, al mirarlas, en unas pocas décadas, sean “solo” una advertencia de una lesión que, como humanidad, nos hemos ocasionado a nosotros mismos.

Pero empecemos desde el principio: ¿qué es la solidaridad?

La RAE, define el término solidaridad como una adhesión circunstancial a una causa o a la empresa de otros. Se trata de un modo de derecho u obligación in solidum.

Con ello, podemos afirmar que la solidaridad puede manifestarse tanto en particular como en conjunto. En particular, como una conciencia de pertenecer a un grupo bien definido e identificado, como la solidaridad de los trabajadores. En conjunto es visible como una conciencia de pertenecer a algo amplio, como la raza humana, lo que significa que es una hermandad universal.

El valor de la palabra solidaridad se encuentra eminentemente en su etimología. El término solidaridad deriva del latín solidum, que significa “moneda” y, en particular, de la expresión del derecho romano en solidum obligari (obligación en solidaridad).

¿De qué se trataba?

La solidaridad, en sus orígenes, era una obligación por la cual varios deudores se comprometían a pagar sus propias deudas entre sí y por todos.

Según la perspectiva legal, en la situación descrita, las personas se unían de manera cohesiva para cumplir con su deuda.

Hoy, con un propósito puramente práctico, emerge esta primera característica: el valor de la cohesión social. Ya que por sí mismos esa deuda no habría podido ser pagada, pero en conjunto resultaba mucho más fácil.

Los inicios de la solidaridad también se los debemos a uno de los padres fundadores de la sociología, Durkheim, quien acercó este concepto a la cohesión y a la integración social.

Por lo tanto, aunque nació como un requisito para responder a propósitos prácticos, la solidaridad está vinculada hoy a valores que también están relacionados con el campo de las ciencias humanas y jurídicas.

¿Pero de dónde viene la solidaridad?

Huyendo de un intento de reconstrucción histórica de la solidaridad, que sería aburrido para la mayoría, nos llama la atención la definición que un periodista le dio al término solidaridad.

Eugenio Scalfari en su libro “Alla ricerca della morale perduta” dice que “la moral es un instinto”, “el instinto de solidaridad que favorece a la conservación de la especie”. Llegando a decir que el sentimiento de moralidad no nace de la razón sino de un poderoso instinto de supervivencia.

Gregory Berns, un conocido neurocientífico estadounidense, explica cómo cincuenta chimpancés desconocidos, reunidos en un espacio también desconocido para ellos, comenzarían a matarse entre sí causando un confrontamiento social; mientras que cincuenta seres humanos, en las mismas condiciones, comenzarían a colaborar de inmediato para sobrevivir.

Sin embargo, él no fue el primero en hablar al respecto. Schopenhauer ya había identificado en el hombre una doble subjetividad: un egoísta individual, perteneciente al yo, y uno entregado con la “especie” que, por ejemplo, es el sentimiento que lleva a los padres a darse por sus hijos.

Entonces, ¿qué hemos logrado?

Podemos decir que la solidaridad nace en el hombre como un instinto de supervivencia, que nos llevó a colaborar y a ser altruistas.

El valor de la cohesión social no ha dejado indiferente a nadie en el mundo del derecho. Ya con los romanos se empezó a canalizar toda esta práctica hacia una institución con un fuerte valor práctico.

Finalmente, hoy en día, este término se ha teñido de connotaciones emocionales que, a menudo, nos llevan a usarlo sin comprender verdaderamente su contenido.

Por último, pero no menos importante, la solidaridad se reconoce nacional e internacionalmente como uno de los deberes obligatorios del hombre, entendida como algo que preexiste ante la imposición del Estado.

De hecho, encontramos el derecho de solidaridad en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos de 1948 como un valor universalmente protegido.

Pero, ¿qué relaciona la solidaridad con los derechos humanos?

Sabemos que la solidaridad se vincula con el mundo de los derechos humanos, de hecho, se exalta como un deber obligatorio cuyo cumplimiento es necesario para la realización correcta de los derechos fundamentales.

Por ello, la fuerza de los derechos humanos reside precisamente en esta pequeña pero gran verdad: a diferencia de otros derechos, siempre protegidos por el sistema legal, no es algo que el Estado nos asigne, es algo sobre lo que el Estado nos reconoce y protege.

El código civil también recoge que tenemos el derecho de gozar y disponer de una cosa de manera completa y exclusiva sin más limitaciones que las establecidas en las leyes.

Sin esta ley, que nos asigna este derecho, no tendríamos protección contra un sujeto que trata de privarnos de lo que poseemos, y se quedaría en manos de resolverse por la fuerza bruta el hecho de quién es el dueño de un bien y quién no.

Cuando hablamos de derechos humanos la cuestión cambia. La Declaración no otorga los derechos que proclama, sino que los reconoce.

Esta corriente de pensamiento sostiene que los derechos no son creados por los autores de esta codificación a través de las leyes, pero están convencidos de que son aspectos vinculados a la dignidad de la persona humana.

Según esta corriente de pensamiento, existen derechos universales, en sí mismos evidentes, que prevalecen sobre los derechos escritos.

Los derechos fundamentales, a diferencia de otros derechos menores protegidos por la ley, tienen un gran valor en sí mismos.

Es por esta razón que San Agustín afirmó que como hombres tenemos “el deber moral de desobedecer las leyes injustas”.

¿Y cuáles son estas leyes injustas?

Las leyes injustas son aquellas que son impuestas por una autoridad debido a pautas políticas persuasivas y/o abusivas.

Con ello no queremos decir que absolutamente todas las leyes impuestas por el Estado sean injustas. Sin embargo, el Estado está compuesto por personas y actividades legislativas que no satisfacen completamente el bien común.

Y es aquí donde reside la importancia de los derechos humanos, en relación a aquellos que no están constitucionalmente protegidos. Sirven para filtrar y examinar críticamente las leyes impuestas por la autoridad estatal y para evitar situaciones de injusticia que conducirían a situaciones de inconstitucionalidad legislativa.

¿Pero si los derechos humanos y la solidaridad son algo que ya nos pertenece como seres humanos por qué están escritos?

Es tranquilizador saber que existen derechos naturales que, como seres humanos, se nos reconocen y que también hay una Carta que los describe. Especialmente, en situaciones de desorden político.

Por ello, es esperanzador tener la certeza de que nadie puede cuestionar estos derechos, ya que están dentro de una constitución rígida e invariable.

La necesidad de que los derechos humanos se escriban detalladamente permite evitar que sean cuestionados más allá de toda duda razonable que pudiera existir.

Afortunadamente, gracias a la Constitución, los derechos humanos están ahí y nadie, con una ley propia puede cambiarlos a su voluntad como sucedió en el pasado.

En el caos desenfrenado en el que a menudo cae la política, la Constitución siempre parece ser el faro que, al final, ilumina hacia las acciones más justas, en las que se incluye también la solidaridad.

La pregunta que ahora debe hacerse es: ¿por qué falla la solidaridad en algunas situaciones?