Del informe de la OMS de 2017, sobre abuso sexual infantil, surgen cifras impactantes. Se ha estimado que hasta mil millones de niños de entre 2 y 17 años han sufrido abuso o negligencia física, emocional o sexual. Todo caso de abuso sexual, según algunas estimaciones de UNICEF en 2014, afectaría a más de 120 millones de niñas. En 2017, la misma organización de la ONU informó que en 38 países del mundo de ingresos bajos y medios, casi 17 millones de mujeres adultas admitieron haber tenido relaciones sexuales durante la infancia.

Además, los delitos como la pornografía infantil están creciendo rápidamente, expandiéndose principalmente en la deep web y actuando a través de ella, donde millones de niños son utilizados como objetos de un deseo enfermo. Estos crímenes siguen siendo casi invisibles, al igual que los abusos, debido al reducido número de denuncias de las víctimas. Pero estas víctimas invisibles e inocentes, ¿qué precio pagarán en su futuro a nivel psicológico?

Por supuesto, si hablamos de abuso, estamos hablando de un trauma, el cual puede definirse como una experiencia que desorganiza la mente de quienes lo viven. La palabra “trauma” tiene derivación griega y significa dañar y en su interior contiene un doble significado. Contiene un primer matiz de significado que indica una herida por una laceración; y un segundo que indica un choque violento en todo el organismo.

Además de una laceración convertida en cicatriz, un trauma no desaparece sino que crece con el individuo como parte de él. La laceración será más grande y más profunda cuanto más pequeña sea la persona que la sufre. De hecho, un trauma en la infancia puede modificar y alterar el desarrollo de la moral, los valores, la visión propia y la autoestima.

Más específicamente, y siguiendo las etapas de desarrollo de la identidad descritas por el psicólogo Erik Erikson, vemos cómo los niños preadolescentes (6-12 años) exploran el mundo y a menudo usan acciones violentas. El espíritu de iniciativa puede ser interrumpido por fuertes sentimientos de culpa. La creación de una moralidad severa puede tener un impacto patológico psicosomático en la vida adulta. El niño se abre enormemente a la vida social y los amigos comienzan a ser importantes. Es en esta intensificación de la vida social donde puede surgir un sentido de inferioridad.

Por lo tanto, si se sufriera un abuso en este período, un niño que estaba experimentando un trauma sexual mientras exploraba el mundo podría definir estas prácticas como normales, o incluso podría existir la posibilidad de que el niño se creyera el culpable de la violencia sufrida. Si el niño ve al adulto como una autoridad indiscutible, puede atribuirse la responsabilidad de una situación desagradable.

Otro problema que podría ocurrir es el desarrollo de un complejo de inferioridad que consiste en la falta de autoestima, una duda o incertidumbre relacionada con el sentimiento de no sentirse a la altura en una circunstancia dada, y que podría conllevar a la neurosis.

Finalmente, las víctimas de abuso infantil a menudo sufren trastornos disociativos. La disociación, entendida como un escape de la plena conciencia de lo que está sucediendo, representa un mecanismo defensivo para el niño que está siendo abusado. La negación y el rechazo de la experiencia traumática empujan al niño a “creer” que esa terrible experiencia no le está sucediendo a él sino a otra persona. Estos problemas se prolongan hasta la edad adulta generando, a menudo, el desarrollo de una segunda personalidad, ataques de pánico, ansiedad y/o paranoia.

Esto es lo que significa abuso. Esto es lo que puede llevar a personas inocentes a no poder relacionarse nunca más con normalidad debido a un estúpido deseo de enfermedad.