Desde la tercera generación política de guerras en Oriente Medio, la composición de los fundamentalistas ha efectuado un cambio radical: no solo son personas locales, sino que incorporan un número infinito de combatientes extranjeros.

Entre los combatientes extranjeros europeos, el 10% son mujeres, que emigran por fe (hijira), rompiendo con el entorno perverso en el que estaban inmersas. Las razones por las cuales estas mujeres deciden emigrar y adherirse al ISIS son la defensa de la umma, la comunidad de fieles, y vivir donde existe la práctica de la shari’a o la congruencia completa entre la ley divina y la ley estatal.

Las muhajirat (mujeres del califato) no pueden estar solteras dentro del Estado Islámico, ya que podría crearse una competencia entre los hombres. Y, ello les distrae de los objetivos principales.

Entonces, las mujeres llegan ya casadas, acompañadas por su esposo; o se casan por Skype con un afiliado, ya establecido, en Siria; o se casan en la frontera, antes de unirse al Estado Islámico, a través de un matrimonio concertado.

Las mujeres, establecidas en su destino, conocen y aceptan la subordinación. De hecho, son considerados iguales en fe, pero inferiores en lo terrenal: el hombre es superior.

El velo completo es una obligación religiosa, que hace referencia a una sociedad fundada en la pureza. Las muhajirat no pueden salir de casa, a menos que les autorice sus esposos; o estén acompañadas por un miembro masculino de la familia. La autoridad parental es una facultad reservada exclusivamente al hombre.

La creación de familias es una función vital entre los fundamentalistas islámicos, ya que es necesario tener nuevos reclutados para el seguimiento de la yihad.

Por lo tanto, los niños son vistos como objetos, cuyo propósito es la lucha en el camino de Dios (yihad). Como tales, son tratados y educados. Son criados con la conciencia de que el bien supremo es el sacrificio dirigido a Alá, el martirio por el establecimiento de una shari’a global.

Según estimaciones de UNICEF, solo en Siria hay unos 29.000 niños extranjeros, muchos de los cuales tienen menos de 12 años.

Como hace referencia esta publicación, tras la reciente pérdida de territorios, por parte del ISIS en Irak y Siria, debido a las victorias de demócratas y estadounidenses, se formó un campo de refugiados muy particular, el de Al Hol: alberga a unas 70.000 personas, incluidas muchas esposas y ex esposas de combatientes del Estado Islámico, y sus hijos. Son personas que han sido capturadas y detenidas desde 2015, y que desde entonces han vivido en el campo en condiciones precarias.

La existencia y los problemas de Al Hol son conocidos, desde hace tiempo, por las organizaciones internacionales que operan en Siria. Pero del campamento se ha vuelto a hablar, después de que comenzase la operación turca en el noreste de Siria. Actualmente, el campamento es administrado por los milicianos de las Fuerzas Democráticas Sirias, la coalición anti-ISIS compuesta por kurdos y árabes.

“Casi todos los niños que conocí eran delgados, con el vientre hinchado, una tos profunda y la mirada en blanco. Muchos transportaban tanques de agua más grandes que ellos, bajo el sol abrasador”, explica en el Washington Post, Letta Tyler, de la ONG Human Rights Watch, en su visita al campamento de Al Hol.

Por lo tanto, las mujeres y los niños han pasado de ser prisioneros del Estado Islámico a serlo en uno de los peores campos de refugiados del mundo.

Según la ONG americana International Rescue Commitee, alrededor de 340 niños murieron en Al Hol, entre diciembre de 2018 y septiembre de 2019, principalmente por enfermedades tratables, como la diarrea o la desnutrición.